Cuando era pequeña escuchaba historias de los adultos. Todas esas historias tenían un propósito: Mis tíos trataban de asustarme, mis amigos de que me creyera sus cuentos de fantasmas en la escuela, mis maestros de convencerme de hacer algo, y mi tía, ella trataba de entretenerme. Y como cosa extraña sus cuentos siempre parecían ser las más verdaderas de todas las historias.
Como niña de ciudad, mi historia favorita era la de la leyenda del animal y el bosque. Por mi casa lo más parecido a un bosque era el parque que tenía dos tristes árboles. Y digo tristes porque literalmente se veían entristecidos por la falta de cuidado. El resto eran parches de pasto y arbustos en la tierra más seca que he visto jamás. Para mi era fascinante escuchar de aquel bosque tan lleno de árboles que producía enramadas y sombras. De árboles tan grandes que cabían familias de pájaros y ardillas y otros animales que vivían de las frutas en el suelo.



