No lo hago apropósito. No salgo a buscar a las víctimas de mis actos. Ellas se acercan, ellos lo provocan. Es su culpa. Su culpa.
Cada vez que va a pasar lo puedo sentir, se acercan a mi sigilosamente, dando vueltas, haciendo pequeños ruidos molestos. Es desquisiante, es su culpa, de ellos, no mía.
Trato, cuando siento el impulso, trato de controlarlo. Pero siempre logran colmarme el plato, su aspecto, el ruido que hacen, la manera en que se mueven. Lo hacen para molestarme, y lo logran, cada vez lo logran y eso es lo que me hace levantarme llena de furia y buscar un arma. La que sea. Deben morir.
He platicado de esto con algunas amistades y me han sugerido que cuando los vea venir me quede muy quieta, o que me cambie de lugar, que los esquive, que cambie la situación con tal de evitar más asesinatos. Lo he intentado, claro que sí he tratado, pero siempre llega ese momento en el que tengo que decidir entre su vida o mi sanidad mental. Y aunque suene egoísta, prefiero mi sanidad mental.
Y es que la verdad, cada que se me acerca uno de ellos, siento sus mugrosas patitas recorriendo mi piel, como si miles de ellos se enfilarán hacia mi con la intención de subirse y picarme, o meterse bajo mi ropa. ¡Y no lo soporto! Por eso cualquier chancla o trapo es bueno para matar a esas malditas hormigas, arañas, cucarachas, mosquitos, moscas, escarabajos incluso la inocente catarina que me atrapa por sorpresa, todos, ¡todos deben morir!
Pequeña Megami paranoica
Hace muchos años tome una clasecilla durante mi maestría en la que nos enseñaban acerca de la seguridad informática. Sin duda fue una de mis clases favoritas, porque aprendí varias cosillas para hackear maquinas, todo con la seria intención de que al saber hace esas cosas también sabrías prevenir dichos ataques.
Lo que no sé es si los profesores de esa clase estuvieran conscientes que aparte de esas técnicas y conocimientos también estaban creando un grupo de paranoicos. Durante ese semestre fue lo peor, guardaba todo, encriptaba correos, borraba historiales de platicas en mensajeros instantaneos y del navegador, cerraba todo con llave y desconfiaba de mi sombra. Si bien es cierto que ya no encripto mi correspondencia, si quede con cierto miedo a soltar mis biometricas. Es decir, huellas digitales, escaneos de ojos (retina), pruebas de voz y escritura etc. ¿Por qué? Pues porque son datos personalisisisimos que me identifican como persona y que solo deberían de tenerlos empresas de toda mi confianza como prueba de que soy yo.
¿A donde voy con todo esto? Bueno es una anécdota para dar pie al pequeño detalle de que Lolita (ósea dolores, ósea la Secretaria de Administración Tributaria) me pidió todo y no me puedo negar porque sino lo hago no obtengo una firma electrónica y sin eso no puedo generar recibos y si no genero recibos no puedo cobrar mis honorarios por trabajar. Así que me tienen amarrada (por no decir de la cola, así como yo tengo a mi gato cuando no quiere venir conmigo).
Y todos pensaran, pero que te preocupas si es una institución gubernamental. Transparente y responsable de tus datos personales. Si, es cierto ellos saben todo de mi, pero también son conocidos por vender bases de datos de los ciudadanos…. En fin, es solo una anécdota de la pequeña y paranoica Megami.
Tiene bonita letra?
Tu Crush
Querido Muchachon,
Tengo varias semanas viéndote pasar y creo que es hora de que te dedique mucho más que una mirada. Un piropo tal vez. Pero no sé, me da pena. Porque solamente me se piropos pelados. Pero creo que en esta carta podría decirte tantas cosas como que yo en esa cola si me formo, o una cosa como en esta lluvia yo mojada y tú con tremendo paraguas. Tal vez algo más educado como: tanta carne y yo chimuela o eres el aguacate de mi torta o quisiera ser bizca para verte doble. Como ves, en el fondo no tengo nada de damisela. Así que a ver qué día te animas a perderme el respeto, o de perdida el miedo de saludarme. Porque ya te vi que también me miras cuando nos encontramos en la calle. Y aunque espero que tus piropos sean más creativos que los míos, no me molestaría si me dijeras hola. Es más, creo que hasta te invitaría a sentarte conmigo en esta triste banca del parque.
Yo sé que trabajas en el edifico de oficinas al otro lado del parque. Sé que te gusta comer saludable porque todos los días pasas a la frutería a comprar un jugo o a la tienda de ensaladas y sándwiches a comer. Pero también sé que de vez en cuando te gusta un cono doble de nieve de chocolate. Te recomiendo que un día de estos pidas una de esas bolas de vainilla. Así saben mis besos 😉
En fin, esto ya se alargo demasiado, y me he pasado de lanzada. Es más fácil para mí expresarme a través de la palabra escrita porque siempre que trato de hablarte se me enreda la voz, se me van las palabras y lo único que he lo grado es levantar mi mano y decirte adiós cuando ya no me ves. Sin embargo, siempre que te veo me sonríes y te sonrió. Es un comienzo, ¿no?
Esperando que un día compartamos una nieve,
La chica de la banca
Sola
Siempre estoy sola. No, no. Permíteme, no me mal entiendas. Hace mucho tiempo que me acostumbre a estar sola. No me siento triste, no me duele nada, no tengo un agujero en mí (bueno si tengo varios huecos, pero no por esto). Simplemente me he dado cuenta de que este es mi lugar, un lugar vacío. Si tengo amigos, si tengo familia, si tengo con quien salir. Simplemente no es lo mío, me abruma. Y cuando lo hago no lo hago por mí, sino por los demás. No, espérate, tampoco es así la cosa de mártir. Cuando salgo con alguien me divierto, claro, si no fuera divertido para mí no lo haría. Cuando era más joven pensaba que algún día encontraría a alguien que me entendiera, que quisiera compartir las cosas que me gustan conmigo, que entendería que prefiero estar en un lugar silencioso con un libro o mi computadora a ahogarme en alcohol con una bola de desconocidos. Pero eso es algo egoísta, supongo que típico de la adolescencia. Ya no busco a esa persona, porque la verdad no quiero a un acosador obsesionado conmigo. Que miedo. Ven, sola.
Cuando era una niña lo único que quería era una amiga con quien jugar, una amiga que no se burlara de mi porque me gustara estudiar, o escribir, o porque hablara raro (en realidad no era raro, no tenía ningún defecto al hablar, no tartamudeaba, ni arrastraba letras, pero siempre he tenido esa maldita costumbre de hablar utilizando sustantivos y pronombres apropiados y aparte de corregir a los demás cuando lo hacen mal. No se preocupen, deje de hacerlo hace mucho tiempo. En voz alta). Tantos años han pasado y nada. Nada de eso conseguí. Nada. Supongo que también era un deseo egoísta, porque en una amistad todos comparten todo, y se respetan opiniones y gustos. Nada de chantajes. Eso pienso ahora, pero ya ven. Mis verdaderos amigos viven lejos, lejísimos, en Narnia dicen. A algunos los veo de vez en cuando y a otros los contacto por ondas electromagnéticas. Pero aquí, aquí, aquí, sigo sola.
Todos esos años me la pasaba triste en momentos de introspección personal. En esos momentos cuando estas pensando en que es lo que te está dejando la gente en tu vida. Y la verdad muchos de ellos no dejaban nada, era pura basura, puras frases hechas, puras mentiras para abusar de mi. No, no de ese modo. Buscan sacar provecho de mi conocimiento, de mis contactos, de mis habilidades y luego nada. Ya sabes, esa gente que nunca te saluda o te llama y de pronto lo hace y ni siquiera te ha dicho “hola” y ya te está pidiendo un favor. Esos. Una vez leí que en realidad nadie te quiere sin esperar nada a cambio. Bueno, tal vez solo tu mamá y aun así hay casos en que dudo esa premisa. Pero después de todos esos estirones, rompeduras, y cicatrices en mi corazoncito, me di cuenta que esas relaciones que tenía no estaban ni siquiera cumpliendo con esa idea, ya que yo no sentía que obtuviera nada, ni compañía, ni cariño, ni comprensión, diablos, ni siquiera podía ser yo misma alrededor de esas personas. Siempre me tenía que estar cuidando de no decir algo que les molestara, o hacer algo indebido o hablarle a alguien mal visto por esos. Así que todo eso, a la basura, lo más rápido que se pudo y, ¿qué creen?. Así es, aquí donde estoy parada no quedo mucho.
Poco a poco entendí que mi lugar estaba aquí, en donde estoy ahora. Esos lugares donde estaba cuando niña y en mi adolescencia, incluso en esa adultez joven, no eran apropiados para mí. Donde estoy parada en este momento no es un lugar bullicioso, si estoy sola pero no me siento solitaria. Llegue a un lugar donde la gente que desea pasar tiempo conmigo y compartir siempre está dispuesta a hacer concesiones, están dispuestos a verme y a entender mis limitaciones como persona (que son muchas), o al menos tratan. Así como yo estoy dispuesta a entenderlos a ellos, por qué se alejan, por qué van y vienen, por qué su interés cambia. Aquí hay libertad de decir esto no me gusta, me cae mal esa persona y seguir siendo amigos. Seguir compartiendo partes de mi vida. En este lugar donde estoy hay permiso de ser como eres y mandar a la fregada al que no esté dispuesto a cooperar, porque ya no necesito todo eso que antes necesitaba de fuera. Entendí que no todo lo mío es para compartirlo con todos, mi mundo es demasiado raro para compartirlo todo con una sola persona, es demasiado grande para sacarlo todo al mismo tiempo, y me he vuelto celosa de tenerlo solo para mí. Porque si bien es cierto que es egoísta pensar que todos están interesados en mi, si bien sé que no soy el centro del universo, si sé que esta es mi película y yo decido con quien compartirla. Es por eso que allá afuera hay pedazos de mí en diferentes personas.
Por eso me gusta mi soledad. La prefiero mil veces que esas vidas llenas de gente que hay por ahí, porque aquí yo puedo ser quien quiero ser.
